
El pasado domingo celebramos el día de la Ascensión del Señor.
Les comparto algunas informaciones de interés sobre el tema
“Conclusión del santo evangelio
según san Marcos: En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo: ‘Id
al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice
se salvará; el que se resista a creer será condenado. A los que crean, les
acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas
nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les
hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos’. Después de
hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos
se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba
confirmando la palabra con las señales que los acompañaban”.
Esta solemnidad ha sido
trasladada al domingo 7º de Pascua desde su día originario, el jueves de la 6º
semana de Pascua, cuando se cumplen los cuarenta días después de la
resurrección, conforme al relato de san Lucas en su Evangelio y en los Hechos
de los Apóstoles; pero sigue conservando el simbolismo de la cuarentena: como
el Pueblo de Dios anduvo cuarenta días en su Éxodo del desierto hasta llegar a
la tierra prometida, así Jesús cumple su Exodo pascual en cuarenta días de
apariciones y enseñanzas hasta ir al Padre. La Ascensión es un momento más del
único misterio pascual de la muerte y resurrección de Jesucristo, y expresa
sobre todo la dimensión de exaltación y glorificación de la naturaleza humana
de Jesús como contrapunto a la humillación padecida en la pasión, muerte y
sepultura.
Al contemplar la ascensión de su
Señor a la gloria del Padre, los discípulos quedaron asombrados, porque no
entendían las Escrituras antes del don del Espíritu, y miraban hacia lo alto.
Intervienen dos hombres vestidos de blanco, es una teofanía, la misma de los
dos hombres que Lucas describe en el sepulcro (24,4). En ellos la Iglesia Madre
judeo-cristiana veía acertadamente la forma simbólica de la divina presencia
del Padre, que son Cristo y el Espíritu. Las palabras de los dos hombres son
fundamentales: Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo
Jesús que os ha dejado para subir al cielo, volverá como le habéis visto
marcharse (Hechos 1,11). En un exceso de amor semejante al que le llevó al
sacrificio, el Señor volverá para tomar a los suyos y para estar con ellos para
siempre; y se mostrará como imagen perfecta de Dios, como icono transformante
por obra del Espíritu, para volvernos semejantes a él, para contemplarlo tal
como él es (1 Juan 3,1-12).
Contemplando en la liturgia el icono del Señor - sobre todo en la Eucaristía - intuimos el rostro de Dios tal como es y como lo veremos eternamente. Y lo invocamos para que venga ahora y siempre.
Contemplando en la liturgia el icono del Señor - sobre todo en la Eucaristía - intuimos el rostro de Dios tal como es y como lo veremos eternamente. Y lo invocamos para que venga ahora y siempre.
En el relato de este misterio
según el Evangelio de san Mateo (28,19-20), el Señor envía a los discípulos a
proclamar y a realizar la salvación, según el triple ministerio de la Iglesia:
pastoral, litúrgico y magisterial: Id y haced discípulos de todos los pueblos
(por el anuncio profético y el gobierno pastoral, formando y desarrollando la
vida de la Iglesia), bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del
Espíritu Santo (aplicándoles la salvación, introduciendo sacramentalmente en la
Iglesia); y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado (mediante el
magisterio apostólico y la vida en la caridad, el gran mandato). Se está
cumpliendo el plan de Dios, y la salvación, anunciada primero a Israel, es
proclamada a todos los pueblos. En esta obra de conversión universal, por larga
y laboriosa que pueda ser, el Resucitado estará vivo y operante en medio de los
suyos: Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.
La lectura apostólica que propone
la Iglesia interpreta perfectamente el acontecimiento de la Ascensión del
Señor, adentrándonos en el misterio del ingreso del resucitado en el santuario
celeste. Ahora podemos decir con el canto del Santo que los cielos y la tierra
están llenos de la gloria de Dios (En Isaías 6,3 sólo se nombraba a la tierra).
Ahora, con la ascensión de la humanidad del Hijo de Dios, conmemorada en el
misterio litúrgico, sobre la que reposa la gloria del Padre, adorada por los
ángeles, también nosotros somos unidos por la gracia a esta alabanza eterna, en
el cielo y en la tierra. Estamos en el penúltimo momento del misterio pascual,
antes de la donación del Espíritu Santo al cumplirse los días de la
cincuentena, el Pentecostés.