
“Yo soy la resurrección y la
vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (Juan 11:25).
La Pascua es la festividad
cristiana en la que se celebra la resurrección de Jesucristo. Después de que
Cristo murió en la cruz, colocaron su cuerpo en un sepulcro; allí permaneció,
separado de Su espíritu, hasta Su resurrección, cuando Su espíritu y Su cuerpo
volvieron a unirse. Los Santos de los Últimos Días afirman y testifican que
Jesucristo resucitó y que vive con un cuerpo glorificado y perfecto de carne y
huesos.
Después de Su resurrección, Jesús
se apareció primero a María Magdalena y luego a otros discípulos. Algunos no se
convencieron de Su resurrección, creyendo que sus apariciones eran las de un
espíritu incorpóreo. Jesús les aseguró: “Mirad mis manos y mis pies, que yo
mismo soy; palpad y ved, porque un espíritu no tiene carne ni huesos como veis
que yo tengo” (Lucas 24:39). Él entonces comió pescado y miel en su presencia,
disipando más la duda.
La Pascua es una celebración no
sólo de la resurrección de Cristo, sino también de la resurrección universal.
Debido a la expiación de Jesucristo, todas las personas resucitarán. Sus
cuerpos y espíritus se reunirán, para nunca más separarse.
El tiempo pascual comprende
cincuenta días (en griego = "pentecostés", vividos y celebrados como
un solo día: "los cincuenta días que median entre el domingo de la
Resurrección hasta el domingo de Pentecostés se han de celebrar con alegría y
júbilo, como si se tratara de un solo y único día festivo, como un gran
domingo" (Normas Universales del Año Litúrgico, n 22).
El tiempo pascual es el más
fuerte de todo el año, que se inaugura en la Vigilia Pascual y se celebra
durante siete semanas hasta Pentecostés. Es la Pascua (paso) de Cristo, del
Señor, que ha pasado el año, que se inaugura en la Vigilia Pascual y se celebra
durante siete semanas, hasta Pentecostés. Es la Pascua (paso) de Cristo, del
Señor, que ha pasado de la muerte a la vida, a su existencia definitiva y
gloriosa. Es la pascua también de la Iglesia, su Cuerpo, que es introducida en
la Vida Nueva de su Señor por medio del Espíritu que Cristo le dio el día del
primer Pentecostés. El origen de esta cincuentena se remonta a los orígenes del
Año litúrgico.
Los judíos tenían ya la
"fiesta de las semanas" (ver Dt 16,9-10), fiesta inicialmente
agrícola y luego conmemorativa de la Alianza en el Sinaí, a los cincuenta días
de la Pascua. Los cristianos organizaron muy pronto siete semanas, pero para
prolongar la alegría de la Resurrección y para celebrarla al final de los
cincuenta días la fiesta de Pentecostés: el don del Espíritu Santo. Ya en el
siglo II tenemos el testimonio de Tertuliano que habla de que en este espacio
no se ayuna, sino que se vive una prolongada alegría.
La liturgia insiste mucho en el
carácter unitario de estas siete semanas. La primera semana es la "octava
de Pascua', en la que ya por tradición los bautizados en la Vigilia Pascual,
eran introducidos a una más profunda sintonía con el Misterio de Cristo que la
liturgia celebra. La "octava de Pascua" termina con el domingo de la
octava, llamado "in albis", porque ese día los recién bautizados
deponían en otros tiempos los vestidos blancos recibidos el día de su Bautismo.
Dentro de la Cincuentena se
celebra la Ascensión del Señor, ahora no necesariamente a los cuarenta días de
la Pascua, sino el domingo séptimo de Pascua, porque la preocupación no es
tanto cronológica sino teológica, y la Ascensión pertenece sencillamente al
misterio de la Pascua del Señor. Y concluye todo con la donación del Espíritu
en Pentecostés.
La unidad de la Cincuentena que
da también subrayada por la presencia del Cirio Pascual encendido en todas las
celebraciones, hasta el domingo de Pentecostés. Los varios domingos no se
llaman, como antes, por ejemplo, "domingo III después de Pascua",
sino "domingo III de Pascua". Las celebraciones litúrgicas de esa
Cincuentena expresan y nos ayudan a vivir el misterio pascual comunicado a los
discípulos del Señor Jesús.
Las lecturas de la Palabra de
Dios de los ocho domingos de este Tiempo en la Santa Misa están organizados con
esa intención. La primera lectura es siempre de los Hechos de los Apóstoles, la
historia de la primitiva Iglesia, que en medio de sus debilidades, vivió y
difundió la Pascua del Señor Jesús. La segunda lectura cambia según los tres
ciclos: la primera carta de San Pedro, la primera carta de San Juan y el libro
del Apocalipsis.